En un año que comenzó “movidito”, un grupo de argentinos salió hacia los escombros. El pasado 6 de febrero, un equipo de planeamiento partió hacia Haití con la única meta de entablar contactos certeros de trabajo en Puerto Príncipe, el lugar del terremoto.A continuación un fragmento de un cronista:
La gente parece acostumbrada a una realidad que duele. Ayer vi un cuerpo tirado debajo de un auto y al único que parecía sorprenderle era a mí. Las gigantescas máquinas remueven escombros y pedazos de humanidad, pero ya nadie lo nota. Los coloridos carteles están teñidos de gris, todo parece verse igual.
Entre tanques y soldados salimos a repartir donaciones, esas que nunca son suficientes, pero hacen la diferencia.
Los haitianos demuestran gratitud, nos abrazan y hablan de fútbol, como si supieran que no somos ajenos a su realidad; me dejaron ser parte de un mundo que no conocía.
Anoche, en medio de la plaza de gobierno hubo una marcha, nos levantamos corriendo ya que muchos nos advirtieron violencia, sin embrago, eran cientos de cristianos orando por Haití, proclamando sanidad. Grafitis y carteles de alabanza son pan diario, todos buscan Su ayuda. Saben que es la única salida.
Muchos se bañan en las calles, otros ya no se bañan. Algunos perdieron casas, otros trabajo. Ayer conocí un hombre que perdió a sus padres y su esposa, que estaba embarazada. Hoy duerme en el suelo, frente a su casa derrumbada con una sábana doblada para acostar a su beba, esa que no murió. Su heridas se cerraron solas, no había nadie que las limpiara o cosiera”.
Por: Ale Cruz
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